Querido Fer:
Seguramente cuando te entreguen esta carta
te sorprenderás, sólo espero que sea para bien. Antes que nada, quiero
que sepas que me decidí a escribirte porque ayer fue mi último día en la
empresa. Sí, como leés. Yo ya lo sabía desde hace una semana pero no
pude contárselo a nadie, me pidieron reserva absoluta con mis compañeros
y tuve que cumplir. Cuando me dieron la noticia me sorprendió
muchísimo. Pero sé que estas cosas pasan y alguna vez me tenía que
tocar, ya está, que sé yo…
Simplemente quiero decirte que me gustó
conocerte y compartir todo este tiempo con vos. Lo que no sabés (o
quizás ya te diste cuenta) es que para mí no fuiste un simple compañero.
Desde el primer momento que te ví, sentí algo especial por vos. Sólo
que nunca me animé a confesártelo por muchas razones (que ahora no
importan). Las chicas sí lo sabían, se dieron cuenta enseguida aunque yo
lo negué una y otra vez.
Cada vez que vos venías para
mi sector o pasabas cerca, me avisaban o me miraban cómplices y yo casi
siempre me ponía colorada… ¿No te diste cuenta de cuántas veces
coincidimos en el área de café o los pasillos? No era sólo casualidad,
cualquier oportunidad era buena para estar en el mismo lugar. Y vos que
siempre me mirabas serio y tan pocas veces me devolvías una sonrisa.
Igual eso nunca me desanimó, siempre pensé que detrás de esa imagen de
hombre duro se esconde otra persona que yo voy a descubrir. Las chicas
dicen que estoy loca, que vos sos realmente así: parco, distante y que
yo veo cosas que no existen. No me importa, estoy convencida de que sólo
ponés esa distancia para protegerte. Al menos conmigo tuviste gestos,
como hacerme chistes o ayudarme con las fotocopias y sé que no sos siempre así. Por eso me puse triste al enterarme que iba a dejar de verte.
Así que me animé a hacerte esta carta, con la complicidad de Romi para
entregártela en mano. La verdad es que me gustaría volver a verte y
espero que a vos te pase lo mismo. Si te parece, podemos encontrarnos
este jueves a las 6.30 hs. en el café de Córdoba y Talcahuano. Yo voy a
estar ahí…
Un beso grande,
Sofi
martes
Encuentro
Cuando Ivo subió esa mañana cansado y ojeroso al colectivo todavía seguía pensando en aquel asunto. La noche anterior lo había encontrado despierto hasta altas horas, mientras recordaba el último encuentro con esa mujer que prometía tanto y había resultado ser una más del montón…
Tan
absorto estaba en sus asuntos, que ni siquiera se dió cuenta de esas
chicas que le clavaron la vista cuando pasó dejando su perfume en el
aire. Se distrajo recién cuando al intentar sentarse en “su asiento” un
hombre desgarbado y de nariz prominente se abalanzó sobre el mismo y le
quitó el lugar. Ivo lo increpó inmediatamente por su mala educación. El
señor se disculpó ruborizado. Se llamaba Alberto. A continuación
le explicó que sólo desde ahí podía ver bien a “la rubia de sus
sueños”. Cuando Ivo logró divisarla comprendió la motivación de Alberto y
quiso conocer más sobre ella. Mientras Alberto le relataba su historia
de amor platónico y también la de su madre enferma que vive con él, Ivo
sintió compasión por ese hombre.
Desde entonces de tanto en tanto coinciden en el mismo colectivo. Se saludan siempre con un apretón de manos y cada vez que puede Ivo le cede su asiento a Alberto. Ivo piensa que, al igual que él, ese pobre hombre difícilmente podrá cambiar su destino. Porque la suerte ya está echada.
Desde entonces de tanto en tanto coinciden en el mismo colectivo. Se saludan siempre con un apretón de manos y cada vez que puede Ivo le cede su asiento a Alberto. Ivo piensa que, al igual que él, ese pobre hombre difícilmente podrá cambiar su destino. Porque la suerte ya está echada.
Baila conmigo
Era lunes en el centro.
Llovía.
No recordaba el momento en que me había bañado, cambiado y salido al trabajo. Estaba ausente. Distraída.
La excusa de unos productos que había que reponer sirvió para escaparme a media mañana. No me detuve a mirar a la gente que pasaba al lado mío como era costumbre.
Ya estaba en el supermercado esperando para pagar cuando escuché una canción de fondo. "Earth Angel" decía la letra.
Sonreí.
Recordé que era de una película de Michael Fox que había visto cien veces.
En mi mente apareció la escena en la que los personajes bailan por primera vez y se enamoran.
Una simple canción me sacudió de la rutina y cambió el día.
Gracias.
Llovía.
No recordaba el momento en que me había bañado, cambiado y salido al trabajo. Estaba ausente. Distraída.
La excusa de unos productos que había que reponer sirvió para escaparme a media mañana. No me detuve a mirar a la gente que pasaba al lado mío como era costumbre.
Ya estaba en el supermercado esperando para pagar cuando escuché una canción de fondo. "Earth Angel" decía la letra.
Sonreí.
Recordé que era de una película de Michael Fox que había visto cien veces.
En mi mente apareció la escena en la que los personajes bailan por primera vez y se enamoran.
Una simple canción me sacudió de la rutina y cambió el día.
Gracias.
viernes
Nostalgia de la inocencia
Desde la primera vez que lo ví, con su traje azul impecable, su pelo castaño con tintes rojizos y ese mechón al costado tan seductor me llamó la atención. Nuestros primeros encuentros fueron un intercambio de miradas cuando nos cruzábamos en aquel edificio del microcentro. Él me inquietaba, quizás por esa mirada penetrante, sus gestos serios o sus casi dos metros de altura, era difícil descifrarlo.
Los días transcurrían lentos en mi rutina cotidiana y sólo esperaba el momento de cruzarlo en algún pasillo o ascensor, con la certeza de ser reconocida y admirada. Hasta que por fin se decidió a hablarme. Así empezaron algunas charlas triviales que se interrumpían al llegar al piso donde trabajaba. Trataba de hacerme la desinteresada pero mis movimientos torpes y nerviosos siempre me delataban. Él se mostraba simpático pero distante. Sin embargo yo intuía algo más. Nunca fui una persona de mucha paciencia, así que un día antes de bajar del ascensor le dí un papel con mi teléfono. El de mi casa por supuesto, en aquella época nadie tenía celular. Pensé que me llamaría en unos días y, sino era así, al menos me había arriesgado.
Esa misma tarde me retrasé y salí apurada para llegar a mi clase de teatro. A las dos cuadras exactas sentí que me chistaban. Levanté la vista y quedé boquiabierta al ver a Eduardo en la vereda de enfrente ¡Ya eran las 7 y él se iba siempre a las 4! Se ofreció a acompañarme hasta el subte y cuando llegamos me preguntó si quería caminar.
Anduvimos por esas vereditas angostas que me eran tan familiares pero que, de noche y en su compañía, resultaban desconocidas. Charlamos sobre nuestras vidas, nos contamos todo lo que pudimos en ese rato. Detuvimos la marcha al llegar a una plaza. Seguimos conversando, ajenos a los que pasaba a nuestro alrededor.
Él se mostraba superado pero su mirada me seguía diciendo algo diferente. Ya era tarde y estaba refrescando, empezaba a sentir frío. Tomé entonces coraje y acerqué mi boca para besarlo, pero él se alejó. Le dije entonces que era hora de volver mientras trataba de disimular mi vergüenza.
Regresamos por las mismas calles que ahora se veían oscuras y misteriosas. Ya estábamos a pocos metros de la avenida donde nos separaríamos cuando me tomó del brazo inesperadamente y me llevó a la entrada de un edificio.
Me plantó uno de esos besos que nunca se olvidan.
Me plantó uno de esos besos que nunca se olvidan.
No vuelvas, no vuelvas sin razón...
Mis pasos me llevaron casi sin pensarlo por aquel camino. A medida que me acercaba me invadieron sensaciones de otros tiempos. Y cuando atravesé el porton de rejas ya tenía cinco años menos.
Nos ví allí sentados tantas veces, ajenos a nuestro alrededor. Casi siempre llegaba primero y buscaba tu mirada entre la gente. Vos elegías la sombra pero eso no me molestaba. Y cuando no estabas, me quedaba igual y disfrutaba el sol. Nunca arreglábamos para vernos, si queríamos sabíamos el punto de encuentro. Esos momentos le daban sentido a mi vida, eran la pausa en nuestra complicada realidad, la calma en la tempestad. Me contabas tu vida y yo la mía.
Hasta que un día cualquiera llegué más tarde y ví que no estabas solo. Se me estrujó el corazón. Me alejé rápido, antes de que te dieras cuenta. En nuestro siguiente encuentro te traté como si nada pero algo en mi actitud me delató. Tus explicaciones no fueron suficientes y no quise verte más. Me prometí olvidarte. Pero a veces la realidad me golpeaba cuando me cruzaba con ella (a quien recordaba a la perfección y que ni siquiera me conocía).
Tiempo después me buscaste y te confesaste arrepentido. Pero era demasiado tarde. Te fuiste. Y te dejé ir.
Cuando finalmente volví a "nuestro lugar" no era el mismo. No había tantas flores ni árboles ni sol como recordaba. No encontré rastro de nosotros. Y en mi interior resonó con fuerza la letra de aquella canción: "al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver".
The Leading Lady
He aquí una de las tantas razones por las que AMO ver ciertas películas una y otra vez:
"Arthur Abbott (Eli Wallach): He let you go. This is not a hard one to figure out. Iris, in the movies we have leading ladies and we have the best friend. You, I can tell, are a leading lady, but for some reason you are behaving like the best friend.Iris (Kate Winslet): You're so right. You're supposed to be the leading lady of your own life, for god's sake! Arthur, I've been going to a therapist for three years, and she's never explained anything to me that well. That was brilliant. Brutal, but brilliant."
Monólogo femenino
Ay dios mío, no sé que hago acá. Tendría que haber dicho que no, ¡quién me manda a meterme en ésta! Y todo por hacerme la canchera. Y bueno ya está, ya no me puedo echar para atrás, ahora bancátela y que sea lo que tenga que ser. Yo sé cómo va a terminar esto y quien va a salir perdiendo... Pero bueno me gusta tanto, no lo puedo evitar. Que sé yo, capaz se engancha y la larga a la otra mina de una, quien te dice. No me quiero perder esta oportunidad. El que no arriesga, no gana. Ya está, estoy jugada. Además hace tanto que nos venimos histeriqueando, esto ya no daba para más. Yo sabía que tarde o temprano algo iba a pasar. Mucho hablarme de ella y hacerse el enganchado, pero bien que no paraba de tirarme onda. Y bue me hice cargo. Sólo espero que sea discreto y no se lo ande contando a todo el mundo. No quiero que se enteren. No, no creo que sea tan estúpido y haga eso, a él le conviene menos que a mí. Si se entera ella, se pudre todo y chau ¿Estoy bien así? Mmm me tendría que haber puesto el jean, me estoy cagando de frío con esta pollerita, ¡que sabía que iba a estar fresco hoy! Encima cuando me vea así va a pensar que me producí para él. Bue que piense lo que quiera, a esta altura…
Uy ya tendría que haber llegado, ya pasaron más de 15 minutos, si me dijo a las siete... Ay dios, ¿y si lo pensó bien y se arrepintió? No, no quiero pensar eso, no creo que sea tan cagón. Y bue si no viene mejor, no tenía que ser y punto. Al menos me la jugué. Mañana lo saludaré como si nada y listo. No le pienso demostrar que me afecta, eso sí que no, ¡ni loca! Uy ahí viene, que lindo que está por dios, esa sonrisa, ese traje ¡Ay qué nervios! Bueno ya está, estoy en el horno, que sea lo que dios quiera.
Reencuentro
Ese día Mercedes decidió volver a su casa caminando para despejarse después de un día agotador. Mientras iba disfrutando de la tarde de sol, alguien le tocó el hombro. Al darse vuelta, lo reconoció enseguida: era Ivo. Hacia más de tres años que no se veían.
-¡Mechi tanto tiempo, qué casualidad! ¿Como estás? ¡Seguís igual!-dijo él con esa sonrisa típica de ganador.
-¡Gracias Ivo! Yo todo bien por suerte ¿y vos?
-Muy bien también. ¿Vivís o trabajás por acá?
-Trabajo a unas cuadras. Y me mudé a Ramos Mejía hace un año. ¿Y vos? ¿Qué contás?
-Así que Ramos Mejía, ¡qué cambio nena! Yo bien, sigo viviendo en Palermo y ahora estoy como Account Manager en una Agencia. ¿Vos seguís como psicóloga?-contestó Ivo en ese tono superado que a ella siempre le resultaba irritante.
-Sí sí, pero ahora estoy en un consultorio con otra colega. Y me mudé a Ramos porque me casé-contestó ella con una sonrisa triunfal.
-¿Cómo? ¿Te casaste? Mirá vos, ¿hace mucho? No me digas que ya tenés hijos ¿o todavía no?-dijo él tratando de no demostrar su sorpresa por la noticia.
-Nooo pará, por ahora no, estamos disfrutando de la vida de recién casados ¿Y vos en que andás?
Ivo entonces le contó que había estado de novio hasta hace poco y que él había cortado por su fobia al compromiso. Y empezó con el mismo cuento de su trabajo full time y de que seguía sin encontrar a esa mujer “que me parta la cabeza”.
Entonces ella pensó:-No entiendo cómo pude estar tan enganchada con este tipo, siempre el mismo discurso.
-Ay Ivo, mejor no me hagas hablar... Bueno me tengo que ir, me esperan-dijo ella.
-Bueno dale. Tomá, te dejo una tarjeta de la agencia por si necesitás algo nena. Y si querés tomar un café también me podés llamar-respondió él con gesto cómplice.
-Gracias, dale-contestó ella sonriendo mientras guardaba la tarjeta en su cartera.
Y así cada uno siguió su camino. Sólo que Mercedes sabía que nunca iba a hacer ese llamado. Porque Ivo seguía siendo el mismo. Y el final de esa historia ella lo conocía de memoria.
-¡Mechi tanto tiempo, qué casualidad! ¿Como estás? ¡Seguís igual!-dijo él con esa sonrisa típica de ganador.
-¡Gracias Ivo! Yo todo bien por suerte ¿y vos?
-Muy bien también. ¿Vivís o trabajás por acá?
-Trabajo a unas cuadras. Y me mudé a Ramos Mejía hace un año. ¿Y vos? ¿Qué contás?
-Así que Ramos Mejía, ¡qué cambio nena! Yo bien, sigo viviendo en Palermo y ahora estoy como Account Manager en una Agencia. ¿Vos seguís como psicóloga?-contestó Ivo en ese tono superado que a ella siempre le resultaba irritante.
-Sí sí, pero ahora estoy en un consultorio con otra colega. Y me mudé a Ramos porque me casé-contestó ella con una sonrisa triunfal.
-¿Cómo? ¿Te casaste? Mirá vos, ¿hace mucho? No me digas que ya tenés hijos ¿o todavía no?-dijo él tratando de no demostrar su sorpresa por la noticia.
-Nooo pará, por ahora no, estamos disfrutando de la vida de recién casados ¿Y vos en que andás?
Ivo entonces le contó que había estado de novio hasta hace poco y que él había cortado por su fobia al compromiso. Y empezó con el mismo cuento de su trabajo full time y de que seguía sin encontrar a esa mujer “que me parta la cabeza”.
Entonces ella pensó:-No entiendo cómo pude estar tan enganchada con este tipo, siempre el mismo discurso.
-Ay Ivo, mejor no me hagas hablar... Bueno me tengo que ir, me esperan-dijo ella.
-Bueno dale. Tomá, te dejo una tarjeta de la agencia por si necesitás algo nena. Y si querés tomar un café también me podés llamar-respondió él con gesto cómplice.
-Gracias, dale-contestó ella sonriendo mientras guardaba la tarjeta en su cartera.
Y así cada uno siguió su camino. Sólo que Mercedes sabía que nunca iba a hacer ese llamado. Porque Ivo seguía siendo el mismo. Y el final de esa historia ella lo conocía de memoria.
Quizás, quizás, quizás...
Esa tarde Gerardo volvía a su casa como de costumbre en subte. Estaba cansado, había sido una semana de muchas presiones en el trabajo. Su rostro pálido y la calvicie incipiente lo hacían parecer mayor, cuando en realidad apenas pasaba los 30. Se miró en el reflejo del vidrio y pensó: "Necesito vacaciones".
El sonido de su celular lo distrajo. La pantalla le indicaba un mensaje nuevo. Era ella, después de tanto tiempo. Le preguntaba cómo estaba. Gerardo empezó a transpirar sin darse cuenta hasta que sintió el sudor de sus manos.
Escribió una primera respuesta, segundos después la borró. Se decidió entonces por: "Yo estoy muy bien. Extraño mucho sentarme a conversar con vos". Leyó con cuidado el mensaje y lo envió.
Los minutos pasaban. Trató de concentrarse en otra cosa. Miraba a los pasajeros subir y bajar. Jugaba con el cierre de su mochila. Llegó incluso a abrir su celular varias veces. Nada. Cuando comenzaba a reprocharse, sonó su celular. Era Andrea.
Decidió no atenderla.
Te regalo una sonrisa
Se dice que anteriormente tenía una zapatería muy conocida en su barrio. Que allí trabajaba con su mujer día y noche. Pero un día llegó la crisis y no tuvo más remedio que cerrarla.
Su edad le hacía difícil reubicarse en este mundo laboral competitivo. De repente se encontró con mucho tiempo libre al que no estaba acostumbrado. Decidíó no malgastarlo, así que de a poco fue retomando su antiguo pasatiempo: la escritura.
Empezó con algunos poemas, luego siguieron otros. Al ser leídos entre parientes y conocidos quedaron sorprendidos. Le sugirieron que los publicara. Con lo que le alcanzaba, Enrique se hizo entonces de varios ejemplares y salió a venderlos a la calle.
Comenzó a recorrer los subtes y, con el paso de los días, fue encontrando lectores de todas las edades. El valor de cada ejemplar era mínimo pero eso no era lo importante. La gente comenzó a reconocer la figura de ese abuelo cálido en sus viajes de todos los días y a sonreirle a su paso. Desde entonces alegra a los pasajeros con su poesía y demuestra que no todo está perdido.
jueves
Dulce realidad
Magalí se despertó sobresaltada. No recordaba bien el sueño o, mejor dicho, la pesadilla. Sólo la dominaba una sensación de angustia. Enseguida reconoció su cuarto y sintió alivio. Se dió vuelta y lo vió a su lado. Él dormía tranquilo, ajeno a sus pensamientos y preocupaciones. Ella sonrió y sintió una ternura inmensa. Ya no estaba sola.
Café de la esquina
Alicia llegó primero al bar. Enseguida se sentó y pidió un café. Su rostro parecía sereno pero sus piernas se movían nerviosas. Decidió llamar a Héctor para avisarle que ya estaba ahí. Le indicó que llevaba pollera negra y saco verde y que estaba junto a la ventana. Luego sacó su espejito de la cartera y se retocó los labios. Volvió a sentirse adolescente. No sabía cual sería la reacción de él al verla, pero no se preocupó demasiado. Por primera vez en mucho tiempo se había arriesgado y eso era lo importante.
Destino
Esa tarde Juana estaba cansada. El subte estaba lleno. Así que en cuanto vió un asiento libre, se apuró para ocuparlo. Pero finalmente se lo dejó a esa señora mayor para que pudiera sentarse junto a él. No pudo evitar observarlos: los dos tan impecables y elegantes. Ella de tapado bordeaux y recién salida de la peluquería. Él de sobretodo gris y con zapatos recién lustrados. Los dos llevaban anteojos. En perfecta sintonía, tal para cual.
Juana se sorprendió cuando la vió bajarse en la siguiente estación sin despedirse. Y él simplemente la miró alejarse con una sonrisa melancólica.
Entonces se dió cuenta: ni siquiera se conocían. Pero sus caminos se habían cruzado, el final no importaba ya…
Brígida
Estaba sola en aquel bar. Tenía el entrecejo fruncido. Mientras revolvía su café, estudiaba atenta y con recelo a cada uno de los clientes. No debía tener más de treinta y cinco años, pero su cuerpo pesado, el pelo corto, las ojeras pronunciadas y el abrigo pasado de moda la hacían parecer mayor. En su expresión de desencanto se vislumbraban envidia y un anhelo desesperado de aquellas vidas tan interesantes y apasionantes. Sólo cuando aquel mozo joven se acercó con la cuenta, se iluminó su rostro y apareció una sonrisa. Enseguida escribió algo en una servilleta. La dejó estratégicamente junto a la propina y se fue.
Recuerdos de tango y mucho más...
Cuando nació allá por 1914 lo llamaron Restituto Enríquez pero para mí siempre fue el abuelo Enrique.
Era un ser maravilloso. Trabajador incansable, lo recuerdo culto y siempre elegante pero más que nada por su sentido del humor inagotable y su alegría de vivir. Su simple presencia contagiaba el ambiente.
Admirador del tango desde siempre, era habitual escucharlo tararear alguna canción del Polaco y regalársela a quien estuviera cerca. Lo mismo pasaba con los piropos, a pesar de los retos de mi abuela. Todavía suena su voz en mi cabeza llamándome "morocha del abasto" y se me dibuja una sonrisa.
Mi abuelo siempre eligió ver el lado positivo de la vida. Nunca dejó de hacer bromas y divertir a todos con sus ocurrencias, ni siquiera cuando se enteró que tenía una enfermedad terminal.
La vida se lo llevó a los ochenta y pico de años pero me dejó un recuerdo imborrable en el alma.
Puntos de vista
Versión 1:Era mediodía. Ella estaba sentada en la plaza. Era joven, de pelo negro, delgada. Tenía un trajecito y tacos altos. Estaba comiendo algo. Al rato apareció él. Rubio, bastante alto. Llevaba jean y zapatillas. La llamó por su nombre: Laura. Se acercó a ella y se sentó a su lado. Ella parecía nerviosa. A él parecía no importarle. Se puso a hablarle sin parar. Ella se limitaba a escucharlo. Por último, la abrazó y le dijo algo al oído. Ella no se soltó y se quedó sin decir nada.
Versión 2:
Ese mediodía Laura almorzaba como de costumbre en la plaza a la vuelta de su oficina. Cuando escuchó que la llamaban creyó reconocer esa voz. Y no se equivocó. Era Andrés. ¡Qué sorpresa después de un año sin verse! Se saludaron y él se sentó a su lado como si nada. Ella se sintió nerviosa pero trató de no demostrarlo. Luego de algunos comentarios triviales, él se animó a confesarle que su encuentro no era casual. Que últimamente pensaba mucho en ella. Y que había conocido otras mujeres, pero con ninguna se había sentido tan querido y cuidado. Laura se limitaba a escucharlo sin interrumpir. Por último él la abrazó y le dijo que todavía la quería. Ella se había imaginado esa escena muchas veces. Sólo que esta vez esas palabras y ese abrazo no le produjeron nada. Suspiró aliviada.
Versión 3:
Ese mediodía yo almorzaba como de costumbre en la plaza a la vuelta de la oficina. Cuando escuché que me llamaban creí reconocer su voz. Y no me equivoqué. Era Andrés. ¡Qué sorpresa después de un año sin vernos! Nos saludamos y él se sentó sin pedirme permiso, como si nada. Me puse nerviosa pero traté de no demostrarlo. Después de unos comentarios triviales, me terminó confesando que nuestro encuentro no era casual. Que últimamente pensaba mucho en mí. Y que había conocido otras mujeres, pero con ninguna se había sentido tan querido y cuidado. Yo me limité a escucharlo sin interrumpir. Por último me abrazó y me dijo que todavía me quería. Yo me había imaginado esa escena muchas veces. Sólo que esta vez sus palabras y su abrazo no me produjeron nada. Suspiré aliviada.
Versión 2:
Ese mediodía Laura almorzaba como de costumbre en la plaza a la vuelta de su oficina. Cuando escuchó que la llamaban creyó reconocer esa voz. Y no se equivocó. Era Andrés. ¡Qué sorpresa después de un año sin verse! Se saludaron y él se sentó a su lado como si nada. Ella se sintió nerviosa pero trató de no demostrarlo. Luego de algunos comentarios triviales, él se animó a confesarle que su encuentro no era casual. Que últimamente pensaba mucho en ella. Y que había conocido otras mujeres, pero con ninguna se había sentido tan querido y cuidado. Laura se limitaba a escucharlo sin interrumpir. Por último él la abrazó y le dijo que todavía la quería. Ella se había imaginado esa escena muchas veces. Sólo que esta vez esas palabras y ese abrazo no le produjeron nada. Suspiró aliviada.
Versión 3:
Ese mediodía yo almorzaba como de costumbre en la plaza a la vuelta de la oficina. Cuando escuché que me llamaban creí reconocer su voz. Y no me equivoqué. Era Andrés. ¡Qué sorpresa después de un año sin vernos! Nos saludamos y él se sentó sin pedirme permiso, como si nada. Me puse nerviosa pero traté de no demostrarlo. Después de unos comentarios triviales, me terminó confesando que nuestro encuentro no era casual. Que últimamente pensaba mucho en mí. Y que había conocido otras mujeres, pero con ninguna se había sentido tan querido y cuidado. Yo me limité a escucharlo sin interrumpir. Por último me abrazó y me dijo que todavía me quería. Yo me había imaginado esa escena muchas veces. Sólo que esta vez sus palabras y su abrazo no me produjeron nada. Suspiré aliviada.
Refugio de una pasión
Aquel ombú centenario fue testigo de sus amores contrariados. Punto de encuentro secreto, los cobijó bajo sus brazos. Los vió sonreir y disgustarse, besarse y discutir, abrazarse y alejarse. Ella se sentaba allí a esperarlo con ansias. Hasta que él, casi siempre, aparecía.
Se querían como podían, a su manera. Sus mundos eran diferentes pero esto no era obstáculo al momento de encontrarse. Él le daba lo que tenía, ella lo aceptaba. En el fondo sabía que aquella pasión y locura tenían fecha de vencimiento.
Cada encuentro era la gloria. Cada despedida, la incertidumbre y el vacío. Así las estaciones pasaban y ellos seguían eligiéndose.
Pero una tarde ella no apareció. Él pensó que se trataba de algo pasajero y optó por distanciarse.
Meses después se reencontraron. Él seguía siendo el mismo. Pero ella no.
La plaza
Las palomas se mezclan entre los linyeras y algunas madres que se pasean con sus bebés y niños. A un costado se encuentra un teatro majestuoso e imponente, que le da cierto aire de sofisticación a la plaza y parece custodiar a sus habitantes. La calma de la tarde se interrumpe de a ratos por las voces de los niños y sus juegos, el balanceo de una hamaca, el vuelo de las palomas o el ronquido de un linyera que descansa en un banco de piedra. Una brisa ligera otoñal mece las ramas de los árboles, al tiempo que algunas de sus hojas bailan en el aire libremente hasta alcanzar el suelo.
Mientras tanto el ombú centenario se mantiene erguido y firme en el centro, ajeno a todo lo que ocurre a su alrededor.
Mientras tanto el ombú centenario se mantiene erguido y firme en el centro, ajeno a todo lo que ocurre a su alrededor.
Simplemente Ivo
En su documento figura como Iván López pero todos lo conocen como Ivo.
Actualmente vive en Buenos Aires pero nació hace veinticuatro años en Puerto Madryn. Esto probablemente explique su resistencia a las bajas temperaturas y su tendencia a salir apenas cubierto por una camisa y un saco de pana. De pelo castaño, tez mate y con un metro setenta y ocho, suele vestir de negro con pantalones y camisas ceñidas que ponen en evidencia su cuerpo trabajado en el gimnasio. Justifica las horas excesivas que allí pasa debido a su obsesión por mantenerse en línea. Usa cremas para la cara y se afeita el pecho, pero ésto sólo lo reconoce ante sus íntimos.
Eterno pesimista, aunque él prefiere definirse realista, puede dedicar horas a explicar los motivos de su “mala suerte” ante quien quiera oírlo. Si lo aíslan en su trabajo, es porque los demás seguro están en su contra y lo marginan. Si se trata de sus amores inconcretos, es porque la mujer que elige quiere compromisos, es una histérica o ya está demasiado ocupada.
Se dice abierto a los consejos y opiniones de los demás aunque siempre termina haciendo lo que le dicta su razón. Porque ¡quién mejor que él para entenderse!
Actualmente vive en Buenos Aires pero nació hace veinticuatro años en Puerto Madryn. Esto probablemente explique su resistencia a las bajas temperaturas y su tendencia a salir apenas cubierto por una camisa y un saco de pana. De pelo castaño, tez mate y con un metro setenta y ocho, suele vestir de negro con pantalones y camisas ceñidas que ponen en evidencia su cuerpo trabajado en el gimnasio. Justifica las horas excesivas que allí pasa debido a su obsesión por mantenerse en línea. Usa cremas para la cara y se afeita el pecho, pero ésto sólo lo reconoce ante sus íntimos.
Eterno pesimista, aunque él prefiere definirse realista, puede dedicar horas a explicar los motivos de su “mala suerte” ante quien quiera oírlo. Si lo aíslan en su trabajo, es porque los demás seguro están en su contra y lo marginan. Si se trata de sus amores inconcretos, es porque la mujer que elige quiere compromisos, es una histérica o ya está demasiado ocupada.
Se dice abierto a los consejos y opiniones de los demás aunque siempre termina haciendo lo que le dicta su razón. Porque ¡quién mejor que él para entenderse!
La Estación
Rubén abrió los ojos sin incorporarse y reconoció al canillita del puesto que le indicaba, en tono poco amistoso, que allí no era bienvenido. Sin pensarlo dos veces, se levantó y se fue con su bolso descolorido y su manta agujereada en busca de otro lugar donde descansar. Era una escena que se repetía pero esto parecía no molestar a Rubén, acostumbrado a un destino errante…
El ruido de su estómago le recordó que el vino tinto nunca era suficiente alimento. Se dirigió entonces a uno de los tantos puestos de la estación de tren que inundaban el ambiente con su mezcla de olores y cambió las únicas monedas que tenía por un pancho que devoró en segundos. No sabía con exactitud cuando volvería a probar bocado pero esto no le preocupó, siempre lograba distraerse con otras cosas. Así que se sentó en aquel banco a contemplar (sin entender) a la multitud que se agolpaba y empujaba como todos los días frente al tren que recién llegaba.
El ruido de su estómago le recordó que el vino tinto nunca era suficiente alimento. Se dirigió entonces a uno de los tantos puestos de la estación de tren que inundaban el ambiente con su mezcla de olores y cambió las únicas monedas que tenía por un pancho que devoró en segundos. No sabía con exactitud cuando volvería a probar bocado pero esto no le preocupó, siempre lograba distraerse con otras cosas. Así que se sentó en aquel banco a contemplar (sin entender) a la multitud que se agolpaba y empujaba como todos los días frente al tren que recién llegaba.
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