Cuando Ivo subió esa mañana cansado y ojeroso al colectivo todavía seguía pensando en aquel asunto. La noche anterior lo había encontrado despierto hasta altas horas, mientras recordaba el último encuentro con esa mujer que prometía tanto y había resultado ser una más del montón…
Tan
absorto estaba en sus asuntos, que ni siquiera se dió cuenta de esas
chicas que le clavaron la vista cuando pasó dejando su perfume en el
aire. Se distrajo recién cuando al intentar sentarse en “su asiento” un
hombre desgarbado y de nariz prominente se abalanzó sobre el mismo y le
quitó el lugar. Ivo lo increpó inmediatamente por su mala educación. El
señor se disculpó ruborizado. Se llamaba Alberto. A continuación
le explicó que sólo desde ahí podía ver bien a “la rubia de sus
sueños”. Cuando Ivo logró divisarla comprendió la motivación de Alberto y
quiso conocer más sobre ella. Mientras Alberto le relataba su historia
de amor platónico y también la de su madre enferma que vive con él, Ivo
sintió compasión por ese hombre.
Desde entonces de tanto en tanto coinciden en el mismo colectivo. Se saludan siempre con un apretón de manos y cada vez que puede Ivo le cede su asiento a Alberto. Ivo piensa que, al igual que él, ese pobre hombre difícilmente podrá cambiar su destino. Porque la suerte ya está echada.
Desde entonces de tanto en tanto coinciden en el mismo colectivo. Se saludan siempre con un apretón de manos y cada vez que puede Ivo le cede su asiento a Alberto. Ivo piensa que, al igual que él, ese pobre hombre difícilmente podrá cambiar su destino. Porque la suerte ya está echada.
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