Nos ví allí sentados tantas veces, ajenos a nuestro alrededor. Casi siempre llegaba primero y buscaba tu mirada entre la gente. Vos elegías la sombra pero eso no me molestaba. Y cuando no estabas, me quedaba igual y disfrutaba el sol. Nunca arreglábamos para vernos, si queríamos sabíamos el punto de encuentro. Esos momentos le daban sentido a mi vida, eran la pausa en nuestra complicada realidad, la calma en la tempestad. Me contabas tu vida y yo la mía.
Hasta que un día cualquiera llegué más tarde y ví que no estabas solo. Se me estrujó el corazón. Me alejé rápido, antes de que te dieras cuenta. En nuestro siguiente encuentro te traté como si nada pero algo en mi actitud me delató. Tus explicaciones no fueron suficientes y no quise verte más. Me prometí olvidarte. Pero a veces la realidad me golpeaba cuando me cruzaba con ella (a quien recordaba a la perfección y que ni siquiera me conocía).
Tiempo después me buscaste y te confesaste arrepentido. Pero era demasiado tarde. Te fuiste. Y te dejé ir.
Cuando finalmente volví a "nuestro lugar" no era el mismo. No había tantas flores ni árboles ni sol como recordaba. No encontré rastro de nosotros. Y en mi interior resonó con fuerza la letra de aquella canción: "al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver".
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