Se dice que anteriormente tenía una zapatería muy conocida en su barrio. Que allí trabajaba con su mujer día y noche. Pero un día llegó la crisis y no tuvo más remedio que cerrarla.
Su edad le hacía difícil reubicarse en este mundo laboral competitivo. De repente se encontró con mucho tiempo libre al que no estaba acostumbrado. Decidíó no malgastarlo, así que de a poco fue retomando su antiguo pasatiempo: la escritura.
Empezó con algunos poemas, luego siguieron otros. Al ser leídos entre parientes y conocidos quedaron sorprendidos. Le sugirieron que los publicara. Con lo que le alcanzaba, Enrique se hizo entonces de varios ejemplares y salió a venderlos a la calle.
Comenzó a recorrer los subtes y, con el paso de los días, fue encontrando lectores de todas las edades. El valor de cada ejemplar era mínimo pero eso no era lo importante. La gente comenzó a reconocer la figura de ese abuelo cálido en sus viajes de todos los días y a sonreirle a su paso. Desde entonces alegra a los pasajeros con su poesía y demuestra que no todo está perdido.
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