Esa tarde Juana estaba cansada. El subte estaba lleno. Así que en cuanto vió un asiento libre, se apuró para ocuparlo. Pero finalmente se lo dejó a esa señora mayor para que pudiera sentarse junto a él. No pudo evitar observarlos: los dos tan impecables y elegantes. Ella de tapado bordeaux y recién salida de la peluquería. Él de sobretodo gris y con zapatos recién lustrados. Los dos llevaban anteojos. En perfecta sintonía, tal para cual.
Juana se sorprendió cuando la vió bajarse en la siguiente estación sin despedirse. Y él simplemente la miró alejarse con una sonrisa melancólica.
Entonces se dió cuenta: ni siquiera se conocían. Pero sus caminos se habían cruzado, el final no importaba ya…
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