Aquel ombú centenario fue testigo de sus amores contrariados. Punto de encuentro secreto, los cobijó bajo sus brazos. Los vió sonreir y disgustarse, besarse y discutir, abrazarse y alejarse. Ella se sentaba allí a esperarlo con ansias. Hasta que él, casi siempre, aparecía.
Se querían como podían, a su manera. Sus mundos eran diferentes pero esto no era obstáculo al momento de encontrarse. Él le daba lo que tenía, ella lo aceptaba. En el fondo sabía que aquella pasión y locura tenían fecha de vencimiento.
Cada encuentro era la gloria. Cada despedida, la incertidumbre y el vacío. Así las estaciones pasaban y ellos seguían eligiéndose.
Pero una tarde ella no apareció. Él pensó que se trataba de algo pasajero y optó por distanciarse.
Meses después se reencontraron. Él seguía siendo el mismo. Pero ella no.
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