Rubén abrió los ojos sin incorporarse y reconoció al canillita del puesto que le indicaba, en tono poco amistoso, que allí no era bienvenido. Sin pensarlo dos veces, se levantó y se fue con su bolso descolorido y su manta agujereada en busca de otro lugar donde descansar. Era una escena que se repetía pero esto parecía no molestar a Rubén, acostumbrado a un destino errante…
El ruido de su estómago le recordó que el vino tinto nunca era suficiente alimento. Se dirigió entonces a uno de los tantos puestos de la estación de tren que inundaban el ambiente con su mezcla de olores y cambió las únicas monedas que tenía por un pancho que devoró en segundos. No sabía con exactitud cuando volvería a probar bocado pero esto no le preocupó, siempre lograba distraerse con otras cosas. Así que se sentó en aquel banco a contemplar (sin entender) a la multitud que se agolpaba y empujaba como todos los días frente al tren que recién llegaba.
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