Estaba sola en aquel bar. Tenía el entrecejo fruncido. Mientras revolvía su café, estudiaba atenta y con recelo a cada uno de los clientes. No debía tener más de treinta y cinco años, pero su cuerpo pesado, el pelo corto, las ojeras pronunciadas y el abrigo pasado de moda la hacían parecer mayor. En su expresión de desencanto se vislumbraban envidia y un anhelo desesperado de aquellas vidas tan interesantes y apasionantes. Sólo cuando aquel mozo joven se acercó con la cuenta, se iluminó su rostro y apareció una sonrisa. Enseguida escribió algo en una servilleta. La dejó estratégicamente junto a la propina y se fue.
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