jueves

Dulce realidad

Magalí se despertó sobresaltada. No recordaba bien el sueño o, mejor dicho, la pesadilla. Sólo la dominaba una sensación de angustia. Enseguida reconoció su cuarto y sintió alivio. Se dió vuelta y lo vió a su lado. Él dormía tranquilo, ajeno a sus pensamientos y preocupaciones. Ella sonrió y sintió una ternura inmensa. Ya no estaba sola.

Café de la esquina

Alicia llegó primero al bar. Enseguida se sentó y pidió un café. Su rostro parecía sereno pero sus piernas se movían nerviosas. Decidió llamar a Héctor para avisarle que ya estaba ahí. Le indicó que llevaba pollera negra y saco verde y que estaba junto a la ventana. Luego sacó su espejito de la cartera y se retocó los labios. Volvió a sentirse adolescente. No sabía cual sería la reacción de él al verla, pero no se preocupó demasiado. Por primera vez en mucho tiempo se había arriesgado y eso era lo importante.

Destino

Esa tarde Juana estaba cansada. El subte estaba lleno. Así que en cuanto vió un asiento libre, se apuró para ocuparlo. Pero finalmente se lo dejó a esa señora mayor para que pudiera sentarse junto a él. No pudo evitar observarlos: los dos tan impecables y elegantes. Ella de tapado bordeaux y recién salida de la peluquería. Él de sobretodo gris y con zapatos recién lustrados. Los dos llevaban anteojos. En perfecta sintonía, tal para cual.

Juana se sorprendió cuando la vió bajarse en la siguiente estación sin despedirse. Y él simplemente la miró alejarse con una sonrisa melancólica.

Entonces se dió cuenta: ni siquiera se conocían. Pero sus caminos se habían cruzado, el final no importaba ya…

Brígida


Estaba sola en aquel bar. Tenía el entrecejo fruncido. Mientras revolvía su café, estudiaba atenta y con recelo a cada uno de los clientes. No debía tener más de treinta y cinco años, pero su cuerpo pesado, el pelo corto, las ojeras pronunciadas y el abrigo pasado de moda la hacían parecer mayor. En su expresión de desencanto se vislumbraban envidia y un anhelo desesperado de aquellas vidas tan interesantes y apasionantes. Sólo cuando aquel mozo joven se acercó con la cuenta, se iluminó su rostro y apareció una sonrisa. Enseguida escribió algo en una servilleta. La dejó estratégicamente junto a la propina y se fue.

Recuerdos de tango y mucho más...


Cuando nació allá por 1914 lo llamaron Restituto Enríquez pero para mí siempre fue el abuelo Enrique.

Era un ser maravilloso. Trabajador incansable, lo recuerdo culto y siempre elegante pero más que nada por su sentido del humor inagotable y su alegría de vivir. Su simple presencia contagiaba el ambiente.

Admirador del tango desde siempre, era habitual escucharlo tararear alguna canción del Polaco y regalársela a quien estuviera cerca. Lo mismo pasaba con los piropos, a pesar de los retos de mi abuela. Todavía suena su voz en mi cabeza llamándome "morocha del abasto" y se me dibuja una sonrisa.

Mi abuelo siempre eligió ver el lado positivo de la vida. Nunca dejó de hacer bromas y divertir a todos con sus ocurrencias, ni siquiera cuando se enteró que tenía una enfermedad terminal.

La vida se lo llevó a los ochenta y pico de años pero me dejó un recuerdo imborrable en el alma.

Puntos de vista

Versión 1:Era mediodía. Ella estaba sentada en la plaza. Era joven, de pelo negro, delgada. Tenía un trajecito y tacos altos. Estaba comiendo algo. Al rato apareció él. Rubio, bastante alto. Llevaba jean y zapatillas. La llamó por su nombre: Laura. Se acercó a ella y se sentó a su lado. Ella parecía nerviosa. A él parecía no importarle. Se puso a hablarle sin parar. Ella se limitaba a escucharlo. Por último, la abrazó y le dijo algo al oído. Ella no se soltó y se quedó sin decir nada.

Versión 2:
Ese mediodía Laura almorzaba como de costumbre en la plaza a la vuelta de su oficina. Cuando escuchó que la llamaban creyó reconocer esa voz. Y no se equivocó. Era Andrés. ¡Qué sorpresa después de un año sin verse! Se saludaron y él se sentó a su lado como si nada. Ella se sintió nerviosa pero trató de no demostrarlo. Luego de algunos comentarios triviales, él se animó a confesarle que su encuentro no era casual. Que últimamente pensaba mucho en ella. Y que había conocido otras mujeres, pero con ninguna se había sentido tan querido y cuidado. Laura se limitaba a escucharlo sin interrumpir. Por último él la abrazó y le dijo que todavía la quería. Ella se había imaginado esa escena muchas veces. Sólo que esta vez esas palabras y ese abrazo no le produjeron nada. Suspiró aliviada.

Versión 3:
Ese mediodía yo almorzaba como de costumbre en la plaza a la vuelta de la oficina. Cuando escuché que me llamaban creí reconocer su voz. Y no me equivoqué. Era Andrés. ¡Qué sorpresa después de un año sin vernos! Nos saludamos y él se sentó sin pedirme permiso, como si nada. Me puse nerviosa pero traté de no demostrarlo. Después de unos comentarios triviales, me terminó confesando que nuestro encuentro no era casual. Que últimamente pensaba mucho en mí. Y que había conocido otras mujeres, pero con ninguna se había sentido tan querido y cuidado. Yo me limité a escucharlo sin interrumpir. Por último me abrazó y me dijo que todavía me quería. Yo me había imaginado esa escena muchas veces. Sólo que esta vez sus palabras y su abrazo no me produjeron nada. Suspiré aliviada.

Refugio de una pasión


Aquel ombú centenario fue testigo de sus amores contrariados. Punto de encuentro secreto, los cobijó bajo sus brazos. Los vió sonreir y disgustarse, besarse y discutir, abrazarse y alejarse. Ella se sentaba allí a esperarlo con ansias. Hasta que él, casi siempre, aparecía.

Se querían como podían, a su manera. Sus mundos eran diferentes pero esto no era obstáculo al momento de encontrarse. Él le daba lo que tenía, ella lo aceptaba. En el fondo sabía que aquella pasión y locura tenían fecha de vencimiento.
Cada encuentro era la gloria. Cada despedida, la incertidumbre y el vacío. Así las estaciones pasaban y ellos seguían eligiéndose.

Pero una tarde ella no apareció. Él pensó que se trataba de algo pasajero y optó por distanciarse.
Meses después se reencontraron. Él seguía siendo el mismo. Pero ella no.

La plaza

Las palomas se mezclan entre los linyeras y algunas madres que se pasean con sus bebés y niños. A un costado se encuentra un teatro majestuoso e imponente, que le da cierto aire de sofisticación a la plaza y parece custodiar a sus habitantes. La calma de la tarde se interrumpe de a ratos por las voces de los niños y sus juegos, el balanceo de una hamaca, el vuelo de las palomas o el ronquido de un linyera que descansa en un banco de piedra. Una brisa ligera otoñal mece las ramas de los árboles, al tiempo que algunas de sus hojas bailan en el aire libremente hasta alcanzar el suelo.

Mientras tanto el ombú centenario se mantiene erguido y firme en el centro, ajeno a todo lo que ocurre a su alrededor.