domingo

¡Despabilate!


En estos días estamos acostumbrados a escuchar seguido la frase: "No tengo tiempo" en boca de los demás o de nosotros mismos. Sin importar la edad que acusemos, la vida moderna nos va llenando de responsabilidades, compromisos, deberes y obligaciones que no siempre elegimos, muchas veces impuestos.
Entonces ¿dónde queda el tiempo para disfrutar? Generalmente guardado en un cajón que en algún momento tendremos oportunidad de abrir. Así los días van pasando, la rutina nos empuja y el momento nunca llega. El momento de hacer esas cosas que amamos y que nos demuestran que la vida vale la pena.
Pero ¿realmente no tenemos tiempo o ganas? No hablo de embarcarse en grandes proyectos (o sí) sino de dedicar un poco de nuestro tiempo a hacer lo que sólo nosotros sabemos que nos hace bien. Poco importa si lo hacemos solos o acompañados, si se trata de una clase de baile, teatro, pintura, un deporte al que no nos animamos o queremos retomar porque ya "somos muy grandes" o un curso de chef.
Se trata de gratificarnos, de premiarnos un poco.
Ya es hora de dejar lado excusas y empezar a DISFRUTAR, así con todas las letras. De tener la sonrisa dibujada simplemente porque lo intentamos, sin importar el resultado, sino el hecho de habernos animado y sentirnos más vivos.
Propongo que nos sacudamos la rutina y nos despabilemos.
La vida es una sola y está ahí esperándonos, ¡¡a disfrutarla entonces!!

Sucede que a veces...


Es un día como cualquier otro. O al menos así parece.
Caminás por la calle, levantás la vista y de repente ves a ESA persona.
La que ya creías olvidada. Se te paraliza el corazón.
Pero al prestar un poco más de atención te das cuenta que te confundiste, no es. Sólo se le parece.
Mientras tanto el mundo sigue su marcha pero no importa, vos te quedaste ahí...
Revolucionado. Suspendido en ese instante. Afiebrado.

Y me refiero a esa fiebre que seguro sentiste de adolescente, cuando no podías controlarte frente a esa persona que te generaba tantas cosas al mismo tiempo.
¡Qué linda sensación!

Más de cien motivos...


Quizás me esté poniendo más grande o contrariamente, esté volviendo a la niñez.
Lo cierto es que cada día que pasa valoro más los lindos momentos que te regala la vida. Una charla de amigas, una cena con la persona que uno ama, escuchar a solas una canción que inspira y hasta bailarla o sentir el sol de la mañana entrando por la ventana.
Sea cual fuere la razón, lo importante es recordar cada día el milagro de estar vivos.

martes

Carta

Querido Fer:
Seguramente cuando te entreguen esta carta te sorprenderás, sólo espero que sea para bien. Antes que nada, quiero que sepas que me decidí a escribirte porque ayer fue mi último día en la empresa. Sí, como leés. Yo ya lo sabía desde hace una semana pero no pude contárselo a nadie, me pidieron reserva absoluta con mis compañeros y tuve que cumplir. Cuando me dieron la noticia me sorprendió muchísimo. Pero sé que estas cosas pasan y alguna vez me tenía que tocar, ya está, que sé yo…
Simplemente quiero decirte que me gustó conocerte y compartir todo este tiempo con vos. Lo que no sabés (o quizás ya te diste cuenta) es que para mí no fuiste un simple compañero. Desde el primer momento que te ví, sentí algo especial por vos. Sólo que nunca me animé a confesártelo por muchas razones (que ahora no importan). Las chicas sí lo sabían, se dieron cuenta enseguida aunque yo lo negué una y otra vez.
Cada vez que vos venías para mi sector o pasabas cerca, me avisaban o me miraban cómplices y yo casi siempre me ponía colorada… ¿No te diste cuenta de cuántas veces coincidimos en el área de café o los pasillos? No era sólo casualidad, cualquier oportunidad era buena para estar en el mismo lugar. Y vos que siempre me mirabas serio y tan pocas veces me devolvías una sonrisa. Igual eso nunca me desanimó, siempre pensé que detrás de esa imagen de hombre duro se esconde otra persona que yo voy a descubrir. Las chicas dicen que estoy loca, que vos sos realmente así: parco, distante y que yo veo cosas que no existen. No me importa, estoy convencida de que sólo ponés esa distancia para protegerte. Al menos conmigo tuviste gestos, como hacerme chistes o ayudarme con las fotocopias y sé que no sos siempre así. Por eso me puse triste al enterarme que iba a dejar de verte. Así que me animé a hacerte esta carta, con la complicidad de Romi para entregártela en mano. La verdad es que me gustaría volver a verte y espero que a vos te pase lo mismo. Si te parece, podemos encontrarnos este jueves a las 6.30 hs. en el café de Córdoba y Talcahuano. Yo voy a estar ahí…
Un beso grande,
Sofi

Encuentro

Cuando Ivo subió esa mañana cansado y ojeroso al colectivo todavía seguía pensando en aquel asunto. La noche anterior lo había encontrado despierto hasta altas horas, mientras recordaba el último encuentro con esa mujer que prometía tanto y había resultado ser una más del montón…

Tan absorto estaba en sus asuntos, que ni siquiera se dió cuenta de esas chicas que le clavaron la vista cuando pasó dejando su perfume en el aire. Se distrajo recién cuando al intentar sentarse en “su asiento” un hombre desgarbado y de nariz prominente se abalanzó sobre el mismo y le quitó el lugar. Ivo lo increpó inmediatamente por su mala educación. El señor se disculpó ruborizado. Se llamaba Alberto. A continuación le explicó que sólo desde ahí podía ver bien a “la rubia de sus sueños”. Cuando Ivo logró divisarla comprendió la motivación de Alberto y quiso conocer más sobre ella. Mientras Alberto le relataba su historia de amor platónico y también la de su madre enferma que vive con él, Ivo sintió compasión por ese hombre.

Desde entonces de tanto en tanto coinciden en el mismo colectivo. Se saludan siempre con un apretón de manos y cada vez que puede Ivo le cede su asiento a Alberto. Ivo piensa que, al igual que él, ese pobre hombre difícilmente podrá cambiar su destino. Porque la suerte ya está echada.

Baila conmigo

Era lunes en el centro.
Llovía.
No recordaba el momento en que me había bañado, cambiado y salido al trabajo. Estaba ausente. Distraída.
La excusa de unos productos que había que reponer sirvió para escaparme a media mañana. No me detuve a mirar a la gente que pasaba al lado mío como era costumbre.
Ya estaba en el supermercado esperando para pagar cuando escuché una canción de fondo. "Earth Angel" decía la letra.
Sonreí.
Recordé que era de una película de Michael Fox que había visto cien veces.
En mi mente apareció la escena en la que los personajes bailan por primera vez y se enamoran.
Una simple canción me sacudió de la rutina y cambió el día.
Gracias.

viernes

Nostalgia de la inocencia

Desde la primera vez que lo ví, con su traje azul impecable, su pelo castaño con tintes rojizos y ese mechón al costado tan seductor me llamó la atención. Nuestros primeros encuentros fueron un intercambio de miradas cuando nos cruzábamos en aquel edificio del microcentro. Él me inquietaba, quizás por esa mirada penetrante, sus gestos serios o sus casi dos metros de altura, era difícil descifrarlo.

Los días transcurrían lentos en mi rutina cotidiana y sólo esperaba el momento de cruzarlo en algún pasillo o ascensor, con la certeza de ser reconocida y admirada. Hasta que por fin se decidió a hablarme. Así empezaron algunas charlas triviales que se interrumpían al llegar al piso donde trabajaba. Trataba de hacerme la desinteresada pero mis movimientos torpes y nerviosos siempre me delataban. Él se mostraba simpático pero distante. Sin embargo yo intuía algo más. Nunca fui una persona de mucha paciencia, así que un día antes de bajar del ascensor le dí un papel con mi teléfono. El de mi casa por supuesto, en aquella época nadie tenía celular. Pensé que me llamaría en unos días y, sino era así, al menos me había arriesgado.

Esa misma tarde me retrasé y salí apurada para llegar a mi clase de teatro. A las dos cuadras exactas sentí que me chistaban. Levanté la vista y quedé boquiabierta al ver a Eduardo en la vereda de enfrente ¡Ya eran las 7 y él se iba siempre a las 4! Se ofreció a acompañarme hasta el subte y cuando llegamos me preguntó si quería caminar.

Anduvimos por esas vereditas angostas que me eran tan familiares pero que, de noche y en su compañía, resultaban desconocidas. Charlamos sobre nuestras vidas, nos contamos todo lo que pudimos en ese rato. Detuvimos la marcha al llegar a una plaza. Seguimos conversando, ajenos a los que pasaba a nuestro alrededor.

Él se mostraba superado pero su mirada me seguía diciendo algo diferente. Ya era tarde y estaba refrescando, empezaba a sentir frío. Tomé entonces coraje y acerqué mi boca para besarlo, pero él se alejó. Le dije entonces que era hora de volver mientras trataba de disimular mi vergüenza.

Regresamos por las mismas calles que ahora se veían oscuras y misteriosas. Ya estábamos a pocos metros de la avenida donde nos separaríamos cuando me tomó del brazo inesperadamente y me llevó a la entrada de un edificio.
Me plantó uno de esos besos que nunca se olvidan.

No vuelvas, no vuelvas sin razón...

Mis pasos me llevaron casi sin pensarlo por aquel camino. A medida que me acercaba me invadieron sensaciones de otros tiempos. Y cuando atravesé el porton de rejas ya tenía cinco años menos.

Nos ví allí sentados tantas veces, ajenos a nuestro alrededor. Casi siempre llegaba primero y buscaba tu mirada entre la gente. Vos elegías la sombra pero eso no me molestaba. Y cuando no estabas, me quedaba igual y disfrutaba el sol. Nunca arreglábamos para vernos, si queríamos sabíamos el punto de encuentro. Esos momentos le daban sentido a mi vida, eran la pausa en nuestra complicada realidad, la calma en la tempestad. Me contabas tu vida y yo la mía.

Hasta que un día cualquiera llegué más tarde y ví que no estabas solo. Se me estrujó el corazón. Me alejé rápido, antes de que te dieras cuenta. En nuestro siguiente encuentro te traté como si nada pero algo en mi actitud me delató. Tus explicaciones no fueron suficientes y no quise verte más. Me prometí olvidarte. Pero a veces la realidad me golpeaba cuando me cruzaba con ella (a quien recordaba a la perfección y que ni siquiera me conocía).

Tiempo después me buscaste y te confesaste arrepentido. Pero era demasiado tarde. Te fuiste. Y te dejé ir.

Cuando finalmente volví a "nuestro lugar" no era el mismo. No había tantas flores ni árboles ni sol como recordaba. No encontré rastro de nosotros. Y en mi interior resonó con fuerza la letra de aquella canción: "al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver".